Libertad, respeto e hipocresía

 


Es algo muy normal que quienes exigen libertad y respeto para sí mismos, no vean nada malo en negar a los demás tan preciados bienes. Ante esta actitud surge una pregunta: ¿es realmente hipócrita actuar de esta manera?

La respuesta parece obvia, pero tal vez no lo sea tanto. Para empezar, si bien algunos aplican el doble rasero de forma consciente, simplemente porque les beneficia, otros quizá no sean ni siquiera capaces de entender que se pueda conceder libertad y respeto a quien quiere hacer o disfrutar de algo que a ellos no les gusta.

Dicho de otra forma: no es lo mismo quien clama por su derecho a expresarse y luego pide censura para sus adversarios sabiendo perfectamente que está torciendo las reglas a su favor, que quien, por alguna extraña ceguera selectiva, cree que su libertad es natural y legítima, mientras que la de los demás es peligrosa o irrelevante.  

Ejemplos de esto abundan en la política y en la sociedad. El discurso de los partidos es un catálogo de sesgos que a veces parecen cínicos y calculados, pero otras veces resultan tan burdos que uno se pregunta si no serán, en realidad, producto de un autoengaño monumental.

Es el gobernante que predica austeridad pero gasta sin control, el ciudadano que condena la corrupción mientras evade impuestos, o el moralista que exige pureza en los demás pero se concede excepciones a sí mismo. Son los políticos que se rasgan constantemente las vestiduras por la falta de pluralismo los medios, pero solo cuando los suyos no controlan la narrativa. También muchos activistas que piden respeto sin esforzarse ellos mismos en tratar con dignidad a sus adversarios. La izquierda y la derecha, en sus versiones más histriónicas, se acusan mutuamente de totalitarias mientras adoptan sin problema estrategias de cancelación. La gente se manifiesta contra la corrupción de los rivales pero es ciega, sorda y muda a la de los suyos.  

¿Es esto hipocresía consciente o simplemente la incapacidad de ver que los demás tienen las mismas aspiraciones y derechos que nosotros? Yo creo que, en la mayoría de los casos, se trata más bien de lo  segundo.

No es que se niegue la libertad de expresión de los oponentes por malicia, sino que ni siquiera la consideras relevante. Lo que tu dices  es "la verdad", lo que dice el otro es "manipulación". No es que creas en una justicia parcial: es que la única justicia que reconoces es la que favorece tuvisión del mundo. No es que veas la corrupción como un mal menor cuando la protagonizan los tuyos: sencillamente estás convencido de que "no es lo mismo" que la corrupción de los demás.

Entonces surge una cuestión incómoda: cuando la hipocresía es involuntaria, ¿no es en realidad un legítimo mecanismo de defensa? Porque sabemos que la coherencia absoluta es una exigencia difícil de conseguir, y más aún en personajes públicos.

La sociedad moderna, con su sobreexposición informativa y su constante escrutinio, nos obliga a tomar postura sobre todo, y rara vez da margen para la duda. Se espera que cada cual sea perfectamente coherente con sus principios, sus valores y sus exigencias morales. Pero lo cierto es que la mayoría de la gente no tiene ni tiempo ni capacidad de articular un sistema moral sin contradicciones. La hipocresía, entonces, no sería solo un defecto del carácter, sino un refugio ante la imposibilidad de ser completamente íntegro en un mundo que nos exige tomar partido en todo momento.

En definitiva, como digo a menudo,  tal vez la sinceridad a toda costa sea una virtud sobrevalorada.

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