Querer que nada cambie es infantil. Querer que todo cambie es despiadado.
En la tensión entre dos impulsos opuestos —el inmovilismo y la transformación absoluta— reside gran parte del drama humano. Son extremos en apariencia irreconciliables, pero que en realidad comparten un punto en común: ambos ignoran las complejidades del tiempo y las relaciones humanas.
Quien desea que todo permanezca igual no busca otra cosa que seguridad. La idea de que la realidad pueda quedarse suspendida en el tiempo, en un estado que consideramos óptimo (o al menos tolerable), tiene algo de tentador. Es la fantasía de la infancia: un mundo en el que otros se encargan de resolver los problemas, mientras nosotros habitamos una burbuja de despreocupación.
Pero esta perspectiva ignora una verdad básica: la vida no se detiene. Pretender que nada cambie es como pedir que el tiempo deje de pasar. Lo que no se adapta se estanca, y lo que se estanca muere. Hay algo profundamente ingenuo en esa resistencia al cambio, porque implica una desconexión con la realidad misma. La madurez no consiste en aceptar el cambio con desgana, sino en reconocerlo como parte inevitable del proceso y aprender a surfear su ola.
En el extremo opuesto está el impulso de querer cambiarlo todo. Es la fascinación por el borrón y cuenta nueva, por la promesa de una transformación que lo renueve todo de raíz. A primera vista, parece una postura más valiente que el inmovilismo. Pero esa audacia tiene un precio que no siempre paga quien la ejerce.
Cambiarlo todo no deja espacio a las personas, ni a las historias, ni a los vínculos que nos unen. Es un impulso que arrasa con lo que hay, sin detenerse a considerar si hay algo que merezca la pena conservar. El cambio total es despiadado porque ignora que detrás de cada sociedad, por defectuosa que sea, hay quienes la habitan, quienes dependen de ella o quienes han encontrado sentido en su existencia. Es despiadado porque no contempla la capacidad de adaptación de los individuos.
El problema con los extremos es que ambos prometen una solución mágica: la permanencia como refugio, o el cambio radical como salvación. Como casi siempre, la verdad está en un término medio, en ese punto incómodo donde no hay certezas absolutas.
Aceptar el cambio no significa abrazar la revolución, sino reconocer lo que merece transformarse y lo que merece mantenerse. Implica no aferrarse a lo existente por miedo a lo nuevo, sino permitir que las cosas evolucionen a su ritmo. Es un equilibrio difícil de alcanzar. Pero quizás la clave esté en entender que ni el pasado ni el futuro deben convertirse en un objetivo por sí mismos
En un mundo acelerado, el deseo de permanencia se vuelve tan comprensible como la urgencia de la revolución cuando lo que nos rodea parece ser disfuncional. Es fácil caer en la tentación de los extremos. Mucho más difícil es quedarse en ese terreno donde reina la incertidumbre, pero donde también ocurre el crecimiento en todos los sentidos.
La próxima vez que sientas esa tentación, recuerda: querer que nada cambie es infantil. Querer que todo cambie es despiadado..jpeg)
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