Ulises y el cabrero
Después de naufragar, Ulises llegó a una playa, hambriento y aterido. Allí encontró la cabaña de un cabrero y pidió refugio a su humilde dueño.
Al cabo de un tiempo, el cabrero observó a Ulises, que comía las pobres provisiones que había en la cabaña.
—Tú eres Ulises —dijo el cabrero.
—Así es —contestó Ulises—. Soy el rey de Ítaca, un hombre poderoso. Pero aquí me ves compartiendo tu escasa comida mientras que en mi casa los pretendientes de mi esposa disfrutan de un banquete cada noche a costa de las riquezas de mi isla.
—Dime lo que puedo hacer por ti y te ayudaré a recuperar tu reino —se ofreció el cabrero.
Ulises se conmovió.
—¿Por qué habrías de hacer eso? —dijo—. ¿Por qué me ayudarías a recobrar mi reino mientras que tú permaneces pobre y mi generosidad tal vez nunca llegue a alcanzarte?
—Señór Ulises —contestó el cabrero—, sé que sin tu gloria, tu honor, tus riquezas, tu esposa y tu hijo, eres y serás desgraciado. Yo, sin embargo, nunca he tenido ni querido mucho más de lo que tengo. Por eso soy feliz, o al menos estoy contento. Para mí, ayudar a un desdichado a salir de su infelicidad es una buena acción.
El astuto Ulises se quedó pensativo un momento. Entonces sonrió uniendo las cejas y dijo:
—Tu sabiduría es grande, cabrero. Y no lo es menos tu generosidad. Pero creo entrever algo más detrás de tu decisión. Porque aunque yo probablemente no pueda ofrecerte nada, también es posible que sí pueda. La posibilidad del favor de un poderoso es mejor que la certeza de no obtener ningún favor, por poco que sea lo que desees.
Sin perder su plácida expresión, el cabrero respondió:
—Eso podría ser así. Y puesto que mi ayuda me costará algún esfuerzo, no está de más considerar al menos la perspectiva de una recompensa. Pero Ulises, la lección más importante de esta conversación es que no es sabio para un humilde envidiar las posesiones de un poderoso, si realmente no las desea y no quiere hacer nada por conseguirlas. Hasta un humilde puede hacer que un poderoso se sienta en deuda con él por ayudarle a alcanzar la felicidad.
El cabrero ayudó a Ulises y así este pudo recuperar parte de lo que amaba. Pero nunca llegó Ulises a poder recompensarlos. Así, ambos quedaron felices, o al menos contentos con lo que tenían. Y Ulises fue un poco más feliz de lo que era por haber recuperado parte de lo que había perdido. Y el cabrero fue un poco más feliz de lo que era por haber ayudado a un vagabundo a conseguirlo.

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