La edad de oro de las ciudades occidentales

 


La parte más bonita de la inmensa mayoría de las ciudades occidentales es, resulta difícil discutirlo, la desarrollada entre los dos últimos tercios del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Ese periodo dejó una huella urbana que, aún hoy, define cómo entendemos las ciudades como espacios habitables, funcionales y, sobre todo, agradables.

No es necesario un enfoque nostálgico para reconocerlo. Basta con observar el atractivo de los bulevares de París, las manzanas del Eixample barcelonés o los barrios de art déco en Nueva York y Miami. Son entornos que no solo cumplen su propósito funcional, sino que lo hacen con un cuidado estético que invita a ser apreciado, a detenerse un momento y disfrutar del espacio.

No es que estos barrios surgieran de un ideal abstracto de belleza, sino de una combinación de necesidades muy concretas. En el momento del nacimiento de los mismos, las ciudades dejaron atrás el trazado medieval y empezaron a adoptar una organización racional que respondía a nuevas demandas de movilidad, higiene y habitabilidad. Pero, al hacerlo, lograron algo notable: integrar la funcionalidad y la estética en un equilibrio que, en muchos casos, aún resulta admirable.

A mediados del siglo XIX, la revolución industrial ya había consolidado las ciudades como motores económicos y sociales. Estas experimentaban un crecimiento imparable que generaba problemas de insalubridad, falta de espacio y tráfico cada vez más complicado.

Comorespuesta, se realizaron algunas de las grandes reformas urbanísticas que todavía definen el perfil de muchas ciudades. París, por ejemplo, se transformó radicalmente bajo el Plan Haussmann. Las estrechas y laberínticas calles medievales fueron reemplazadas por amplios bulevares, rodeados de edificios uniformes que, además de mejorar la higiene y la movilidad, ofrecían una imagen de monumentalidad y orden. En Barcelona, el Eixample de Ildefons Cerdà introdujo una cuadrícula ordenada con manzanas diseñadas para optimizar la luz y la ventilación, sin descuidar la belleza arquitectónica que más tarde caracterizaría al modernismo catalán.

No era solo una cuestión de urbanismo. El progreso técnico también permitió la creación de infraestructuras que mejoraronla vida urbana. Redes de agua corriente y gas comenzaron a extenderse, liberando a las viviendas de la dependencia de pozos y lámparas de aceite. El telégrafo y, más tarde, el teléfono conectaron las ciudades con el mundo exterior, mientras que los tranvías eléctricos y los primeros ferrocarriles subterráneos facilitaron el desplazamiento dentro de ellas.

Pero el mismo progreso que permitió crecer a las ciudades desde el siglo XIX, también sembró la semilla de su decadencia estética a partir de mediados del siglo XX. El automóvil que facilitaba el transporte en las megalópolis, conquistaba una superficie cada vez mayor de las urbes. Las técnicas constructivas con hormigón, acero y vídrio que permitieron crear en tiempo récord catedrales modernas como la Gare du Nord de París o la Estación de Atocha de Madrid, ahora se aplicaban al aumento de la productividad en la construcción y la reducción de costes en los proyectos de viviendas y edificios tanto públicos como privados.

Al final, todo esto era inevitable. Los barrios desarrollados entre 1850 y 1930 representaron un punto culminante del encuentro entre tradición y modernidad, entre lo práctico y lo bello. Son espacios que invitan a la contemplación, que se pueden recorrer y habitar con una sensación de armonía que a menudo echamos de menos en desarrollos posteriores.

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