Del abrazo a la puñalada: cómo cambió el humor en los 80
Hasta los años 70, el humor parecía estar más integrado en las obras serias. No era un adorno ni un alivio momentáneo, sino una parte esencial de la narrativa, una herramienta para profundizar en los personajes y sus dilemas. Era un humor que surgía de las peculiaridades humanas y del contraste entre aspiraciones y realidades, como si nos recordara, de forma amable, que nuestras contradicciones son lo que nos hace humanos.
Pensemos en Don Quijote. No nos reímos de sus comentarios ingeniosos, sino del contraste sublime entre su visión caballeresca del mundo y la cruda realidad que lo rodea. En el capítulo VIII, cuando el caballero manchego se lanza contra los molinos de viento, su caída no es solo cómica: “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!” Su delirio nos conmueve y, a la vez, nos hace reír. Pero esa risa no nos distancia; al contrario, nos acerca.
Algo similar ocurre con Dickens. En David Copperfield, Mr. Micawber, con su inquebrantable optimismo financiero, lanza frases como: “¡Algo se presentará!”, incluso mientras su vida se tambalea sobre la ruina económica. No nos burlamos de él. Nos reímos porque entendemos sus debilidades y porque, en el fondo, compartimos sus esperanzas.
Incluso Kafka, tan asociado al absurdo existencial, entiende el valor del humor para señalar lo ridículo. En El proceso, Josef K. se enfrenta a un sistema judicial tan absurdo que no puede evitar resultar cómico. El pintor Titorelli, que promete “ayudarle” a ganar su juicio mediante un enredo interminable de procedimientos inútiles, simboliza la burocracia en su faceta más grotesca y humorística. Kafka no elimina el peso del absurdo, pero nos permite reír como un reflejo ante lo irremediable.
Y luego está Tolkien, a menudo malinterpretado como un autor excesivamente solemne por sus epígonos posmodernos. En realidad, el humor es fundamental en su obra. En El Hobbit, las interacciones entre los enanos y Bilbo son hilarantes desde el inicio, con Thorin declarando solemnemente en la primera cena que “las bellotas son una buena cosa, pero no sirven de cena”. Incluso en El Señor de los Anillos, Merry y Pippin, preocupados por la comida en plena guerra, ofrecen un humor que no rebaja la épica, sino que la enriquece.
El humor que humanizaba
Antes de los años 80, el humor tenía una cualidad profundamente empática. Nos reíamos con los personajes, no de ellos. Este tipo de humor encontraba sus raíces en las peculiaridades humanas y en la capacidad de la narrativa para explorar lo absurdo de la vida sin cinismo.
En Los siete samuráis, de Kurosawa, hay un momento inolvidable en el que Kikuchiyo, el samurái errante y algo torpe, intenta demostrar su valía llevándose un estandarte a lo alto del molino, un gesto heroico... hasta que casi lo arruina con su torpeza. Este humor, lejos de desacreditar al personaje, lo humaniza, resaltando sus esfuerzos por encajar en un grupo de guerreros más experimentados.
Por su parte, las series de televisión de la época, como Cheers, también empleaban el humor situacional y basado en la personalidad para conectar emocionalmente con el público. Personajes como Norm y Cliff ofrecían momentos cómicos no por su ingenio afilado, sino por sus defectos entrañables.
Este humor no evitaba lo trágico ni lo complejo. Más bien, lo complementaba, recordándonos que incluso en las circunstancias más difíciles hay espacio para reír, no como una evasión, sino como una aceptación de nuestra condición humana.
Ironía y sarcasmo: antiguos, necesarios y renovados en los 80
La ironía y el sarcasmo, por supuesto, son tan antiguos como la narrativa misma. Ya en Las nubes de Aristófanes, la ironía se usa como herramienta para cuestionar las instituciones filosóficas de su tiempo, y el sarcasmo encuentra una resonancia visceral en muchas tragedias griegas. Pero en los años 80, la ironía y el sarcasmo parecen encontrar un lugar renovado, reflejando los cambios culturales de la época: desencanto político, desencanto social y, sobre todo, la fragmentación de las certezas.
Series como Seinfeld encarnan esta transición hacia un humor más irónico y distanciado. Su famosa frase “no hugging, no learning” (ni abrazos ni moraleja) marca un punto de inflexión en el humor televisivo. Los personajes se ríen de sí mismos y de los demás con comentarios como el de Jerry: “No puedes ser tan bueno. Nadie es tan bueno. No puedes ser el tipo que recoge basura de la carretera y recicla plástico al mismo tiempo.” Este humor es mordaz, crítico, y exige al espectador una distancia emocional que contrasta radicalmente con las narrativas más cálidas del pasado.
El sarcasmo, por su parte, encuentra en los años 80 un uso más explícito como desahogo frente a lo absurdo del mundo. En Heathers (1988), Veronica dice: “Mi vida no es un maldito programa de televisión” mientras sufre las consecuencias de un sistema social jerárquico. Es un comentario que rompe la cuarta pared con un filo que refleja la frustración y la autoconciencia de una generación.
El cambio como reflejo de los tiempos
No se trata de que la ironía o el sarcasmo sean malos. La ironía, bien usada, puede ser una herramienta de análisis incisivo, una forma de señalar verdades incómodas sin pretender dar soluciones. El sarcasmo, en cambio, puede ser un alivio necesario cuando las tensiones son demasiadas. Ambos tienen su lugar.
Lo que resulta interesante es cómo se entrelazan con los cambios culturales de fondo. Si el humor del pasado buscaba unirnos en nuestra humanidad compartida, el humor contemporáneo parece más preocupado por señalar nuestras diferencias, marcando una línea entre quienes “entienden el chiste” y quienes no.
Esto no significa que el humor cálido haya desaparecido. Terry Pratchett sigue siendo un ejemplo brillante de cómo combinar ironía y humanidad en sus novelas de Mundodisco. Series como Ted Lasso intentan recuperar ese enfoque, recordándonos que la risa puede ser un puente, no solo una muralla.
La risa como brújula cultural
Al final, la forma en que reímos dice mucho sobre quiénes somos. Si el humor de Cervantes, Dickens o Tolkien nos invitaba a reír con los personajes, el humor actual nos anima a observar desde la distancia, con una mezcla de ingenio y escepticismo. Ninguna de las dos formas es intrínsecamente mejor o peor. Ambas son herramientas para explorar nuestras complejidades.
Lo importante no es si este cambio es bueno o malo. Lo importante es entenderlo, porque en nuestra manera de reír está escrita, quizá, la historia más reveladora de todas.
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