LA MODERACIÓN ES LA PEOR DE TODAS LAS VIRTUDES


Parafraseando a
Winston Churchill, la moderación es la peor de las virtudes, si excluimos
todas las demás. Desde luego
se trata de la virtud más aburrida, con la
posible excepción de la abstinencia (¡ni en eso es capaz de destacar!). Pero
también es, en cierto modo, la más central, puesto que se erige en árbitro del resto. Porque cualquier virtud en exceso tiene efectos negativos, incluso
la moderación misma. Como, de forma paralela, la eliminación total de cualquier
vicio puede traer consecuencias indeseables.



Sin embargo, la
moderación no está de moda, aunque paradójicamente ambas palabras compartan un
mismo origen. En cada actividad humana,
la moderación es elogiada de
palabra, pero vilipendiada en los actos
. Hay que romper todo, es necesario
tomar medidas extremas. Pero no nos ponemos de acuerdo sobre cuál es la
definición de ese “todo”, o en cuál de los múltiples “extremos” se deben basar
esas medidas.



Tomemos por ejemplo
la salud. No existen premios a la moderación, sino a los extremos. Solo tienen
éxito las dietas más extremas, el ejercicio físico llevado al límite de lo
posible. O, por el contrario, se admiran la voracidad, la intoxicación y el
amor al riesgo. Todo ello a la vez que una inmensa mayoría reconocerá con
desgana, que la moderación es siempre el camino más razonable,
aunque soñando
melancólicamente con abandonarse a los excesos
.



Lo mismo sucede en el
discurso político. La moderación puede ser considerada una virtud. Sin embargo,
no tiene gancho electoral. Los extremos son vistos cada vez más como una opción
deseable por amplios sectores de la sociedad. Ignorando, naturalmente, que
el
triunfo de un extremo llevará a la inevitable represión del contrario
.
Aunque, ¿a quién le importa eso cuando hemos arrojado la moderación por la
ventana?



En tiempos no muy
lejanos, la moderación habría dado su aburrida cara y habría conseguido que
moderados de todas las tendencias se pusieran de acuerdo en impedir la llegada
al poder de los extremos. Pero ahora, al igual que en la Europa de
entreguerras, antes que buscar el consenso moderado,
los políticos prefieren
trivializar aquellos extremismos cuyos valores comparten superficialmente
.
Tal vez porque, si todos somos moderados, la moderación no se convierte en un
valor diferencial, mientras que los mensajes extremistas tienden a ser claramente
identificables.



No hay una solución a
este problema, si es que se trata de un problema, porque sería, más bien, algo
que está en la naturaleza humana. Solo nos queda esperar y ver. Y desear que,
una vez experimentados en propia carne los placeres y las torturas del exceso,
vuelva
algún día la moderación a ocupar la centralidad (si bien no los extremos) de
nuestras vidas
.


(Imagen generada por LimeWire con BlueWillow v4)

Comentarios

Entradas populares